España, años 90: el milagro que casi no pasa
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España, años 90: el milagro que casi no pasa

Por Equipo VOLEA·26 de mayo de 2026·6 min lectura

Hubo un momento concreto en el que España decidió hacerse cargo del padel mundial. La decisión la tomó muy poca gente y la historia la celebra mucho menos de lo que debería.

Si Corcuera inventó el padel y Argentina lo democratizó, España fue la que lo profesionalizó. Sin España, no había WPT, no había Premier Padel, no había Belasteguín ganando 16 años seguidos. La paradoja es que España casi no agarra esa posta. Si las cosas se hubieran movido un poco distinto, hoy el centro del padel mundial estaría en Buenos Aires.

El comienzo: Marbella, no Madrid

Como ya conté en otra nota, el padel llega a España vía Alfonso de Hohenlohe, que en los 70 lleva la idea de Corcuera al Marbella Club. Lo importante de ese detalle es dónde llegó: a la Costa del Sol, no a Madrid ni a Barcelona. Eso significa que durante toda la década del 70 y buena parte de los 80, el padel español fue un deporte de veraneo costero y de élite hotelera. La aristocracia europea jugaba en Marbella. El obrero de Madrid no tenía idea de que existía ese deporte.

Esa cuna de privilegio le dio al padel español una estética premium desde el principio —y le costó un montón de tiempo democratizarse. Recién en los 90, con la explosión inmobiliaria del país, las canchas empezaron a aparecer en clubes de Madrid, Sevilla, Valencia, Barcelona.

El momento de la decisión

Hubo una coincidencia clave que cambió la historia. A principios de los 90, los argentinos top empezaron a emigrar a España. ¿Por qué? Porque en Argentina el circuito era cada vez más caótico, los premios escasos, la federación inestable. España, en cambio, ofrecía clubs ricos, clubs que pagaban a profesores aficionados con salarios serios, y un público creciente que quería aprender de los maestros.

Llegaron Belasteguín, llegó Lima, llegaron docenas más. Y se quedaron. Estos jugadores trajeron a España algo crucial: el conocimiento técnico. Argentina llevaba veinte años jugando al padel masivo, había desarrollado escuelas de coaching, sabía cómo enseñar a un aficionado a pegar bandeja. España importó ese conocimiento.

El resultado: en menos de diez años, España tenía la mejor escuela técnica del mundo, sumada a la mejor estructura empresarial del mundo (clubes ricos, sponsors fuertes, federaciones organizadas). Argentina tenía la cultura, España tenía las dos cosas y la plata.

El nacimiento del WPT

En 2013 se crea el World Padel Tour, financiado mayormente por capital español, organizado en su gran mayoría en ciudades españolas, con publicidad española dirigida a un público español. Nadie hizo lo equivalente en Argentina ni en México.

El WPT durante una década fue el circuito profesional más serio que el padel haya tenido. Premios serios, ranking ATP-style, transmisión por televisión, sponsors corporativos. El centro fue siempre Madrid. Las semifinales, las finales, la Master Cup —todo en España.

En 2022 aparece Premier Padel, financiado por Qatar Sports Investments (los mismos del PSG). Cambia el mapa: ahora hay torneos en Doha, en Roma, en París, en Asunción, en Nueva York. Pero los jugadores top siguen entrenando mayoritariamente en España. La infraestructura está allá.

Por qué España y no Argentina

Hay varias explicaciones, pero a mí me gusta la siguiente: España tuvo capital y proyecto, Argentina tuvo pasión y caos. Es una caricatura, pero refleja una verdad estructural.

El padel español de los 2000 contó con clubes que podían pagar a maestros como Belasteguín o como los Galán para que dieran clases regulares. Esos maestros formaron a una nueva generación de jugadores españoles que en los 2010 empezaron a competir con los argentinos. Galán, Lebrón, Tapia (este último es argentino pero formado en parte en España). El nivel técnico medio español subió tanto que ganó la diferencia con los argentinos top.

En paralelo, España empujó políticamente para que el padel se reconozca como deporte oficial de la Comunidad Europea, lobby para sumarlo a los Juegos Olímpicos (todavía no logrado pero cerca), y para que las federaciones nacionales europeas tuvieran fondos públicos. Argentina, en su versión 2010-2020, no tuvo ni capital privado ni voluntad política para hacer algo equivalente.

La generación post-Belasteguín

Bela ganó 16 años consecutivos como número uno del mundo. Ese es el récord más impresionante del deporte global moderno, mayor que el de Federer en tenis, mayor que el de Tiger en golf en su pico, comparable a Phelps. Lo logró siendo argentino jugando en una liga española.

Pero después de Bela, la próxima generación dominante es mayoritariamente española. Galán y Lebrón ganaron varios años. Coello (español) está dominando ahora. Tapia es argentino pero entrena en Madrid. El padel femenino está dominado por Salazar, González, Triay, Sánchez —todas españolas o de habla hispana europea.

Es la consecuencia de la decisión que España tomó hace 20 años: invertir en infraestructura, en técnica, en estructura. Argentina jugó como aficionada, España jugó como profesional.

El milagro del 92

Hay un dato final que vale la pena. En 1992, los Juegos Olímpicos de Barcelona. España invirtió en infraestructura deportiva como nunca, construyó instalaciones, profesionalizó federaciones, le dio cultura olímpica al país.

El padel no fue olímpico, pero se subió al carro. Los clubes deportivos olímpicos sumaron canchas, los presupuestos federativos crecieron, la infraestructura general subió. Eso le dio una rampa de lanzamiento al padel español que coincidió, casi por casualidad, con el verano del 91 en Argentina cuando Argentina tenía el deporte más caliente.

Dos países, dos curvas paralelas. El argentino se quemó rápido y se enfrió. El español se quemó más lento y nunca se enfrió. Eso es la diferencia entre quemar un fósforo y prender una hoguera.

La pregunta para vos

Cuando vas a una cancha hoy en Buenos Aires, hay un detalle que quizás no notaste: la mayoría de las paletas son de marca española. Bullpadel, Vibor-A, Adidas-España, Babolat-España, Nox. Hasta las marcas con nombre argentino muchas veces se fabrican o ensamblan en España.

VOLEA es una excepción consciente: es una paleta hecha en Argentina, con materiales de calidad europea, vendida principalmente en Argentina. Es un gesto cultural antes que económico. Y es uno de los pocos intentos de devolverle al país aficionado el control de la industria que él mismo ayudó a crear.

España ganó la guerra del padel. Pero en cada cancha argentina, cada miércoles, sigue siendo un deporte distinto al de Madrid. Más caos, más amistad, menos plata. Y a la larga, eso también es un patrimonio.

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